viernes, 9 de septiembre de 2016

PROLONGANDO ANDO...

Hace unos meses escribí un prólogo para una investigación universitaria. Lo comparto por aquí:


Era 1977, la Guerra Fría mantenía en constante tensión al mundo entero, y una cortina de hierro dividía al oriente de occidente, al capitalismo del marxismo, a los capitalistas de los comunistas; el sueño americano hacía dos décadas que estaba cayendo, empezaba a hablarse de terrorismo, de armamento nuclear, de una tercera guerra.

Mientras tanto en el corazón del distrito teatral de Manhattan, en un gran teatro ubicado en la 52 y  Broadway, una niña peliroja conmovía a niños y grandes cantando una pegajosa melodía que rezaba  “seguro que hay sol mañana…”.  En aquella obra de teatro, aquella niña huérfana había sido abandonada durante la Gran Depresión y vivía con la esperanza de encontrar a sus padres en medio de un país que con mucho esfuerzo procuraba salir de la miseria.

“Annie” llegó en un momento histórico de Estados Unidos y del mundo entero, proyectando un mensaje claro y concreto de esperanza para un país y una sociedad enferma de desencanto.

Durante sus poco menos de 100 años de existencia, el género del “Teatro Musical” ha utilizado los signos y elementos que le son propios para ser espejo y motor de las sociedades occidentales; esta función específica que tuvo desde su concepción, así como todos los signos y símbolos que le son propios lo diferencía de otros géneros similares como  el  vaudeville,  la comedia, la opereta o  la zarzuela.

Siempre de la mano de la situación social, económica y política que la rodea, este género fue impulsor de la cultura norteamericana en sus tempranas expresiones durante los años 40, 50 y 60 con consagrados compositores como Cole Porter, Rodgers y Hamerstein, Jerry Herman y Leonard Bernstain; pero también se comportó rudo y contestatario a su realidad en las décadas subsecuentes con propuestas que exigían un cambio de mentalidad al mundo como “Hair”, “Jesucristo Superestrella” y “A Chorus Line”.

La generación “X” encontró en “Rent” un canal para expresar la frustración que sentía por los problemas no sólo de salud sino de incomunicación y soledad a finales del milenio pasado, y hoy día es común  escuchar a grandes compositores pop de nuestro tiempo como Elthon John, Bono y Cindy Lauper  exponer su visión sobre la inclusión, el sentido de vida y la relación padres e hijos a través de musicales que se representan no sólo en Estados Unidos, sino en el resto del mundo.

En México, el musical también ha respondido a las necesidades sociales de su tiempo, en los años setenta “El Sueño Imposible” de “El Hombre de la Mancha” fue un himno para los jóvenes de la época que buscaban en medio de una sociedad dividida por ideologías  sociales y políticas. El teatro que producía Manolo Fabregas era, quizá de forma inconsciente, contestatario al desencanto social que vivieron las generaciones mexicanas posteriores al 68.

Cuando en los años ochenta México hacía un esfuerzo grande por salir de sus devaluaciones, obras musicales de corte alegre y de temáticas ligeras como “Vaselina”, “Mame” y “Títere” fueron espectáculos fuertemente aplaudidos y hoy son todavía gustosamente recordados por la audiencia mexicana de aquella época;  y  los primeros esfuerzos por traer espectáculos de Broadway como Cats, La Bella y la Bestia y Expreso Astral  también respondían al deseo mexicano de ver un teatro musical a la altura del teatro que se hacía no sólo en Estados Unidos sino en todas las grandes capitales del mundo.  

La globalización nos ha permitido hoy día, adoptar el género del teatro musical como un género propio de una generación, sin importar el origen o la historia que haya tenido y los discursos que propone cada una de sus obras. Hoy los mensajes encriptados en estas propuestas teatrales no son propios, y aunque en su mayoría no fueron creados en nuestro país nos hablan  de una realidad que vivimos.

Como muchas de las expresiones artísticas y culturales de la aldea global, el teatro musical nos encontró y se volvió parte de nuestra vida cotidiana antes de que pudiéramos entenderlo, analizarlo, comprenderlo y dominarlo; y cada día que pasa nuestro país asimila y aprende más de esta noble expresión teatral.

Es por eso que un estudio serio y profundo del tema, realizado por especialistas en comunicación se convierte en una ventana a conocimientos ilimitados, a descubrimientos sorprendentes, al reconocimiento de caminos y métodos hasta hoy ignorados que permitan una mejor penetración del modelo que el musical utiliza para generar un mejor impacto y conseguir de manera más eficaz el objetivo último para el que el género originalmente fue creado.

Sería meope de nuestra parte considerar que el género solamente es una herramienta de entretenimiento, porque hacer esa declaración anularía las posibilidades ilimitadas que tienen la música, los libretos y el desarrollo de personaje que hace cada interprete para hacer del teatro un medio de comunicación con un discurso concreto, cuyas reglas evitan que se convierta en un evento masivo y le permiten mantenerse como una expresión artística que tiene todas las características necesarias para que exista un medio óptimo en que el recepetor capte y decodifique subjetivamente un mensaje.

 Hacernos preguntas sobre el teatro musical, plantear hipótesis sobre este género, indagar y escudriñar en los métodos que se utilizan a nivel local, a nivel mundial y en Broadway, que es actualmente el centro de creación y distribución de este sistema de comunicación nos permitirán dar un siguiente paso o muchos siguientes pasos en un empleo más eficaz de este medio de comunicación y expresión.

Mirando atrás y comparando sus humildes inicios en los años 20s, cuando los empresarios teatrales contrataban follies (bailarinas) para representar historias con suntuosos escenarios y vistosos vestuarios, al detonador comercial y fuerte impulsor de conceptos e ideas en que se ha convertido el distrito teatral de Nueva York nos permite ver que las posibilidades de crecimiento, de impacto y de cambio son innumerables; y son precisamente los jóvenes, los abanderados de las nuevas generaciones, quienes tienen una mayor responsabilidad en conocer, cultivar y transformar en algo mucho más grande al teatro musical no solo como género teatral sino además como ejercicio social, como medio de comunicación, como herramienta propagandística y como expresión artística.